Rosita Muzo
El oficio de la paciencia

QUIEN ES
Rosita es la mayor de ocho hermanos, tres varones y cinco mujeres. Tiene 70 años y está jubilada. Se casó en 1986 y más tarde se divorció. No tuvo hijos. Durante la década de 1990 trabajó en un delicatessen y, posteriormente, migró a España, donde se desempeñó en labores de limpieza en el sector de la construcción durante 11 años. Tras su retorno a Ecuador, retomó su vida laboral y se jubiló a los 65 años. Su casa está muy cerca de la plaza central de la comuna y junto a ella viven su mascota y su hermana menor.
SU HISTORIA
Rosita descubrió el bordado en su adolescencia, cuando una prima de su padre le enseñó la técnica con la frase: “Enséñale, para que no esté de vaga”, recuerda en su entrevista. Tenía entonces alrededor de 16 o 17 años. Desde ese momento comenzó a bordar camisas antiguas para sus hermanas pequeñas, utilizando tonos azules y rosados que evocaban los diseños tradicionales. Todas tienen motivos florales y se asemejan a los bordados antiguos, con diseños cargados y manga larga. En su casa guarda estas prendas que han servido para todas las niñas de su familia. “Hice camisas para mis hermanas, porque ellas eran pequeñas; las usaban para la escuelita, para los programas de fiestas de Quito, la misa de niños, la de gallos y la de medianoche”. (entrevista, Comuna, La Capilla, 28 de noviembre de 2025).
Según la profesora de historia del arte, Ana Agredo Pino, anteriormente “las llamadas labores de aguja, la costura o el bordado, las facetas textiles” (2020, 55) se relacionaban estrechamente con la construcción de la feminidad. Además, eran transmitidas de mujer a mujer. Estas labores, expresaban un orden social, con esferas de lo público y de lo privado. “Los hombres, el campo de lo público y a las mujeres, lo interno, la casa y los diferentes trabajos domésticos, entre los que se incluye el bordado” (Agredo 2025, 57). Rosita confirma esta dinámica al mostrar cómo aprendió a bordar en su adolescencia gracias a una pariente y aunque fue un mandato de su padre, esta práctica es resignificada, debido a que sus prendas van cargadas de significado comunitario, desprendiéndose de la esfera privada hacia una más pública, y su práctica se vuelve activa, creando redes de transmisión cultural con sus hermanas.


Durante mucho tiempo, prácticas como el bordado estuvieron asociadas al aprendizaje de la feminidad y al espacio doméstico. La historiadora del arte Ana Agredo Pino explica que las llamadas labores de aguja formaban parte de una división social donde a los hombres se les asignaba el ámbito público y a las mujeres el interior de la casa. En la experiencia de Rosita, sin embargo, ese aprendizaje se desplaza hacia otro lugar. El bordado deja de ser únicamente una obligación doméstica y se convierte en una práctica relacional, capaz de construir memoria y fortalecer vínculos entre mujeres de distintas generaciones.
Cuando se le pregunta qué siente al bordar, Rosita sonríe antes de responder. “Me siento feliz con lo que yo estoy haciendo con mis manos”. Dice que le encanta. Habla de sus textiles con una mezcla de orgullo y ternura, como si cada prenda guardara algo de quienes la han acompañado. Incluso quisiera ser enterrada con sus trajes. Recuerda que en su familia la ropa tradicional también acompañaba la muerte: “Mi abuelito sí, hasta cuando falleció, se vestía con pantalón blanco, con una camisa blanca y con el capisayo”.
La investigadora Diana Castaño sostiene que los bordados activan formas de intercambio afectivo entre quienes los realizan; las piezas textiles circulan como dones cargados de admiración y reconocimiento. En el caso de Rosita, el bordado produce justamente ese circuito íntimo de afectos y saberes compartidos. Más allá de las prendas, importan las relaciones que se tejen alrededor de ellas: las conversaciones, las enseñanzas, las horas compartidas entre mujeres.
Esa dimensión afectiva también puede pensarse desde las ideas de Sara Ahmed, quien plantea que las emociones no permanecen fijas en los objetos, sino que adquieren sentido a través de la circulación y el contacto. En los textiles de Rosita se acumulan memorias familiares, celebraciones religiosas, historias migratorias y vínculos comunitarios.
Actualmente, el bordado se configura dentro de la comuna como una práctica política y colectiva. Lo que antes estuvo restringido al espacio doméstico aparece ahora como un lugar de encuentro, reflexión y agencia comunitaria. En 2017, Rosita acudió a la invitación de Orlando y Carmen para integrarse al grupo de bordado. Poco antes había participado como prioste de la Virgen junto a su vecina y algunas personas de Calderón. “La invitación me gustó, me integré y desde ahí seguimos adelante”, recuerda.
En su rutina diaria, el bordado ocupa un lugar central. Por las mañanas arregla la casa y aprovecha la luz del sol para coser. Después toma café, prepara la comida y por la tarde vuelve a bordar. En los últimos años ha tenido dificultades para dormir, así que muchas veces continúa trabajando de madrugada, cuando la casa queda en silencio. Cuando se le pregunta qué música escucha mientras borda, responde inmediatamente y entre risas: “La chichera”.
Pero el cuerpo también siente el desgaste de esta práctica. “Cansa la espalda y también duelen los dedos. Hay que esforzarse, uno se cansa”, dice. En las manos que sostienen la aguja, en la espalda inclinada y en la repetición paciente de las puntadas aparece una relación íntima entre cuerpo, materialidad y memoria. El antropólogo Tim Ingold propone pensar estas prácticas desde las interacciones entre el cuerpo y el entorno: las texturas, los movimientos repetidos, las posturas y los ritmos cotidianos también producen conocimiento y experiencia.
En la comuna, la revitalización del bordado ha ocurrido desde el cuerpo y desde la experiencia compartida de las mujeres. Los planteamientos decoloniales sobre cuerpo-territorio ayudan a comprender esta relación. La investigadora Tania Cruz sostiene que el cuerpo es el primer territorio de lucha, un espacio atravesado por emociones, memorias y formas de resistencia. En el caso de las bordadoras, los textiles permiten nombrar y visibilizar una historia comunal que durante mucho tiempo permaneció relegada al olvido.
Rosita recuerda con especial cariño la primera camisa que bordó junto al grupo. “Eso me gustó mucho; es más, de la emoción, me amanecía bordando para acabar”. Dice que tardó alrededor de un mes en terminarla y que sigue siendo la prenda más representativa para ella.
La primera obra colectiva fueron las camisas utilizadas durante las fiestas de la Virgen. Ese mismo año colaboraron también en la elaboración del retablo del altar de la iglesia con pan de oro. “Yo me sentía feliz porque nos hicimos las camisas y todos nuestros compañeros las usamos por primera vez; entonces inauguramos nuestros bordados”, recuerda. En aquella ocasión emplearon la puntada característica de la comuna. En otros lugares, como Llano Grande u Oyacoto, las puntadas y las camisas son distintas: las mangas suelen ser cortas y los diseños cambian.
El acompañamiento entre las mujeres del grupo también forma parte de esta construcción colectiva. La sororidad aparece en pequeños gestos cotidianos: acompañarse en los duelos, colaborar económicamente cuando alguien lo necesita o sostenerse emocionalmente frente a las dificultades. “Cuando alguien fallece, también colaboramos, no con grandeza, pero con un granito de arena”, explica Rosita. Recuerda que cuando murieron sus padres, las compañeras del grupo estuvieron presentes para apoyarla. “Así colaboramos cuando hay alguna cosa, todo nuestro grupo”.
Al terminar la entrevista, Rosita vuelve a hablar del grupo de bordado con entusiasmo. Le gustaría que más personas se integraran y que la práctica continuara creciendo. Imagina incluso viajar y participar en eventos fuera de la ciudad. Mientras habla, parece pensar menos en los textiles como objetos terminados y más en la posibilidad de que el grupo permanezca. Como si, en cada puntada, también se estuviera intentando bordar la continuidad de la comuna.