Orlando Guañuna

Para Orlando Guañuna, el bordado nunca ha sido únicamente una técnica. Antes de aprender puntadas, hilos y formas, aprendió a mirar los textiles como parte de la vida cotidiana. En su memoria familiar aparecen abuelos, tías y bisabuelas usando lishtas, camisas bordadas y prendas rituales con naturalidad, como si la ropa también fuera una manera de habitar la comuna y de reconocerse dentro de ella.

Tiene cuarenta y un años y es el segundo de cuatro hermanos. Cuando habla de su familia, la figura de su madre ocupa un lugar central. La describe como una mujer fuerte, frontal y decidida. “Ser frontal, ser directo, son cosas que he aprendido de mi mamá”, dice (entrevista, Comuna La Capilla, 27 de enero de 2026). En su relato, ella aparece como una presencia formadora, alguien de quien heredó no solo rasgos de carácter, sino también una manera de relacionarse con la comunidad.

La historia del bordado en su familia atraviesa varias generaciones. Orlando recuerda que las hermanas de su abuelo, Rosa y Mercedes Guañuna, sabían bordar camisas y lishtas. Fue Rosa quien le enseñó algunas puntadas. También su abuela bordaba; de hecho, conserva todavía una camisa que ella confeccionó para una de sus hijas cuando era pequeña. Su abuelo, cuenta, había aprendido desde niño junto a su madre y sus hermanas. La transmisión del conocimiento no ocurrió a través de escuelas ni talleres formales, sino dentro de la vida familiar, en las conversaciones, en las fiestas y en el trabajo compartido.

Por eso, cuando Orlando habla del bordado, lo hace desde la idea de continuidad cultural. “El bordado da identidad. Todos estos textiles representan al pueblo Kitu Kara, en especial la lishta”, explica. Aunque en toda la zona de Calderón existen prácticas textiles similares, cada comuna conserva particularidades propias. En La Capilla, por ejemplo, las camisas suelen ser de manga larga y poseen puntadas específicas que las distinguen de las usadas en Llano Grande u Oyacoto.

Su preocupación principal es que esas diferencias desaparezcan con el tiempo. “Es importante seguir bordando, porque corremos el riesgo de que las vestimentas ya no se usen”, afirma. En sus palabras aparece constantemente la idea de permanencia: mantener vivas las prendas, los saberes y las memorias asociadas a ellas.

Para Orlando, el bordado también revela una forma específica de organización comunitaria. Mientras habla del grupo, compara el trabajo textil con la preparación de alimentos tradicionales. Explica que, al hacer tortillas, cada persona cumple una función: sembrar, desgranar, amasar, rellenar o asar. El resultado depende de la coordinación y del cuidado colectivo. Con el bordado sucede algo parecido. Nadie trabaja completamente solo; las mujeres se enseñan puntadas, corrigen detalles, comparten materiales y conversan mientras cosen. La práctica textil termina funcionando como una metáfora de comunidad: una construcción hecha desde la complementariedad.

En ese proceso, Orlando ha ocupado un lugar singular dentro del grupo de bordado. Su presencia masculina dentro de un espacio históricamente feminizado no aparece desde una lógica de protagonismo, sino desde el acompañamiento y el aprendizaje compartido. Él mismo reconoce que gran parte de lo que ha aprendido proviene de la convivencia cotidiana con las mujeres del grupo.

“He podido aprender principalmente sobre el cuidado y la paciencia”, dice. Recuerda las conversaciones entre las comadres mientras bordan: los consejos, las historias familiares, los problemas compartidos y las formas de acompañarse mutuamente. “En el grupo se pueden confiar ciertos secretos, ciertas experiencias o ciertos problemas”. Gracias a esa cercanía pudo entrar en las casas de las mujeres y conocer fotografías antiguas, prendas heredadas, collares, fajas y objetos guardados durante generaciones. “Más allá del bordado fue la historia de las familias, comprender de ellos”, explica.

La experiencia del grupo puede leerse también como una forma de gestión cultural comunitaria. Orlando insiste en que el trabajo surgió desde el interés colectivo y no desde la búsqueda de beneficio económico. “Sentí que era necesario hacer ese trabajo, alguien tenía que iniciar ese trabajo”, afirma. Su intención era compartir el conocimiento sin convertirlo en mercancía. En ese sentido, el bordado aparece como una práctica de cuidado de la memoria, sostenida desde la participación comunitaria y el respeto por los saberes locales.

La dimensión política de esta práctica no se encuentra únicamente en el resultado final de los textiles, sino en las relaciones que hacen posible su existencia. Desde perspectivas feministas comunitarias y andinas, la participación de Orlando dentro del grupo muestra cómo las luchas por la memoria y la continuidad cultural no se construyen contra los hombres, sino contra las estructuras patriarcales que históricamente relegaron ciertos saberes al ámbito doméstico y desvalorizado. En la comuna, el bordado deja de ser entendido como una labor menor y se convierte en una práctica colectiva capaz de producir identidad, memoria y pertenencia.

La preocupación por el futuro atraviesa constantemente el relato de Orlando. Habla de las mujeres mayores del grupo con una mezcla de admiración y temor. Sabe que muchas de ellas envejecen y piensa con frecuencia en la posibilidad de su ausencia.

“Nos sentiríamos mucho mejor si las nietas y bisnietas empiezan a bordar”, dice. Le preocupa que las nuevas generaciones vean las camisas bordadas únicamente como disfraces o prendas folclóricas desvinculadas de la historia de la comuna. Para él, cada camisa guarda una memoria concreta: alguien la usó, alguien la bordó, alguien vivió dentro de ella.

“El futuro es duro”, reflexiona. “El tiempo pasa sobre nuestras manos y sobre nuestros rostros”. Piensa en las comadres mayores, en las enfermedades, en la posibilidad de que el grupo desaparezca con los años. Pero también piensa en la transmisión: en las hijas, nietas y bisnietas que podrían continuar bordando cuando ellos ya no estén.

Lo que Orlando intenta preservar no son únicamente técnicas textiles. Lo que busca mantener vivo es un modo de relacionarse con la memoria, con la comunidad y con los afectos. Por eso insiste en que las camisas no son disfraces ni objetos decorativos. Son la evidencia de que, en algún momento, alguien de sus antepasados habitó el mundo vistiendo esas mismas prendas. Y mientras las nuevas generaciones continúen bordando, esa historia todavía podrá seguir contándose.