Carmen Simbaña

La casa de Carmen Simbaña siempre tiene movimiento. En el patio corretean gallinas y conejos; dos perros grandes custodian la entrada mientras algunos de sus nietos entran y salen entre las habitaciones. Allí, en medio del trajín cotidiano, también se reúnen las mujeres bordadoras de la comuna. La vivienda funciona como taller, espacio de conversación y punto de encuentro.

Carmen nació en Llano Grande. Durante su infancia sus padres se separaron y, cuando tenía dieciséis años, fue llevada a vivir con su padre en la comuna. Un año después se casó. Desde entonces, su vida ha estado ligada al trabajo comunitario. Participa en las actividades de la iglesia, en las mingas y en las reuniones para la conformación del cementerio comunal. Quienes la conocen suelen hablar de su carácter firme, una frontalidad que le ha permitido ocupar un lugar activo dentro de la comunidad.

Antes del bordado estuvo el tejido. Más tarde, los textiles comenzaron a adquirir otra dimensión, vinculada a las fiestas de la comuna y a la relación con los priostes. Con el tiempo, el bordado dejó de ser únicamente una práctica manual y pasó a convertirse en una forma de memoria y pertenencia.

La relación con su hijo Orlando ocupa un lugar central en esta historia. Juntos formaron el grupo de bordado y comenzaron a tomar clases en Oyacoto con una mujer que, curiosamente, también se llamaba Carmen Simbaña. “Se llama igual que yo, era una señora mayor”, recuerda entre risas. Al principio no sabían qué hilos usar ni qué telas elegir. “Al principio me costó”, dice. Con los años perfeccionaron la técnica: Orlando dibujaba y las mujeres bordaban.

Para reconstruir la vestimenta antigua de la comuna buscaron lishtas y anacos guardados en las casas de madres y abuelas. Revisaron fotografías antiguas para acercarse a la manera en que vestían los habitantes de antes. El bordado se transformó así en un ejercicio de reconstrucción histórica y afectiva.

“Siempre hemos trabajado junto con mi hijo, en todo momento. Con mis cuatro hijos tenemos una gran conexión”, explica Carmen. Su hija también utiliza los trajes rituales confeccionados por la familia.

Cuando habla de sus textiles, la emoción modifica su voz. “Me pongo mi traje de luces, yo me emociono, me siento muy bien cuando yo me pongo mi traje completo”. Dice que incluso le faltan palabras para describir lo que siente. Tiene casi diez blusas: algunas hechas por ella, otras regaladas por su hijo. Recuerda con orgullo una invitación a un evento en el antiguo Hospital Militar organizado por el Municipio. Allí le preguntaron si pensaba cambiarse de ropa. Ella respondió que no; quería permanecer con su traje de luces (entrevista, Comuna La Capilla, 6 de noviembre de 2025).

En las prácticas de Carmen y de las mujeres bordadoras de la comuna aparecen formas de organización que dialogan con los planteamientos del feminismo comunitario latinoamericano. El bordado no funciona únicamente como una actividad artesanal; es también una forma de sostener vínculos, transmitir memorias y defender maneras de habitar el territorio. Las mujeres se reúnen para coser, pero también para conversar, recordar y reconstruir historias familiares y comunales.

En ese proceso, el tejido adquiere una dimensión política. Adriana Guzmán, investigadora latinoamericana plantea que el feminismo comunitario cuestiona las formas individualistas del feminismo institucionalizado y propone pensar la comunidad desde la defensa de la vida, el cuidado colectivo y la lucha contra las estructuras patriarcales y coloniales. En la comuna, estas dimensiones aparecen en prácticas cotidianas: compartir saberes, recuperar vestimentas antiguas, participar en las mingas o defender el territorio frente a amenazas externas.

El grupo de bordado se convirtió así en un espacio donde la memoria circula entre generaciones. Los textiles no solo reproducen diseños; guardan fragmentos de historia, parentesco y pertenencia. Como sostiene Guzmán, el tejido se hace “con las manos, con la memoria, los símbolos y la materialidad histórica de los cuerpos” (2014, 53). Cada blusa, cada traje ritual y cada hilo recuperado de las casas de madres y abuelas contiene también una manera de narrar la continuidad de la comuna.

La trayectoria de Carmen evidencia esa articulación entre vida cotidiana y participación política. Dentro de la comunidad se la reconoce por su capacidad de liderazgo y por su carácter directo. Recuerda especialmente el trabajo realizado para colocar el pan de oro en el retablo de la iglesia. “Desde ahí la gente mayor me ha respetado”, dice. También participó en las negociaciones con EMASEO para evitar la instalación del relleno sanitario en Jalunguilla. Algunas personas incluso le han sugerido asumir la presidencia del cabildo, aunque ella responde con cierta distancia: “Pero eso ya es mucho”.

Su hijo Orlando habla de la manera frontal en que su madre defiende a su familia y a la comunidad. Carmen, por su parte, insiste en que sus mayores logros son sus hijos: personas trabajadoras, vinculadas a la comuna y comprometidas con su futuro. En su relato, la familia y la comunidad aparecen profundamente entrelazadas.

La continuidad cultural que atraviesa estas prácticas no implica permanecer intactos. En las fiestas, en los trajes rituales y en las formas de organización comunal. Las mujeres no solo preservan una tradición: la recrean constantemente desde su experiencia cotidiana, desde los afectos y desde una práctica colectiva que mantiene viva la relación entre memoria, territorio y comunidad.