
La primera página del libro muestra una capilla bordada con hilos rojos, cafés y 14 corazones. Qué representa este edificio?, es la memoria de un territorio entero?.
“La Capilla ha tenido tres iglesias” dicen casi al mismo tiempo las mujeres bordadoras de la Comuna La Capilla. Las han ido moviendo. La primera estuvo detrás de la escuela. La segunda ocupó el centro del parque. La tercera permanece donde hoy se levanta, vigilando la plaza. Esta edificación ha sido el eje alrededor del cual la comuna ha organizado su vida.
Orlando Guañuna recuerda una conversación con Jaime Pilatuña, tatia Kitu Kara. Alguna vez le dijo que La Capilla había sido un centro ceremonial porque estaba alineada con los volcanes. Miriam Muzo, su madre completó el recuerdo: antes había muchos curanderos; hoy quedan pocos. Nadie ofrece una explicación definitiva. En la conversación, ambas ideas parecen inseparables: la orientación del lugar y la memoria espiritual del territorio.
De acuerdo con las explicaciones del Pueblo Kitu Kara sagrado. “La Capilla era un lugar de descanso, como para tomar fuerza e ir a Pambamarca, donde ahora está El Quinche, un lugar ancestral. Además, siempre a La Capilla se le ve de todos los lados. Y desde La Capilla ves a todos los lados. Es un mirador, pero es un mirador alto, y todos los lugares altos para nosotros son lugares más cercanos a las espiritualidades. La Capilla es muy respetada por eso” (entrevista Ana Lucía Tasiguano, La Floresta, 1 de febrero de 2026).

Las bordadoras decidieron enlazar la capilla con catorce corazones. Cada uno representa a una de las mujeres que participa en el colectivo. La pieza fue realizada con puntada zuleteña y bordada por Elena Muzo. Mientras avanzaba con la aguja, recordó el día de su matrimonio, celebrado precisamente en esa iglesia. También recordó otra transformación: cuando era niña, el edificio era de adobe; con los años fue reemplazado por materiales modernos. El bordado terminó reuniendo ambas memorias: la íntima y la colectiva.
La iglesia ocupa el centro de la composición, igual que ocupa el centro de la vida comunal. Ana Lucía Tasiguano explica que muchas de las dinámicas sociales todavía pasan por ella. Sin embargo, esa centralidad convive con otra forma de ordenar el mundo, más antigua que el templo mismo. En estos espacios se puede ver la geometría sagrada de los pueblos andinos, si bien hay una cruz, ese símbolo también es una chacana. esta centralidad convive con una lógica cosmológica propia basada en el número cuatro: “Esto para nosotros es también sagrado […] Hay mucho cuatro, y el cuatro para nosotros son los ciclos lunares y solares que han regido la práctica de siembra de nuestros abuelos” (entrevista Ana Lucía Tasiguano, La Floresta, 1 de febrero de 2026).
